lunes, 16 de noviembre de 2009

EL AMOR EN OCCIDENTE.


Queridas amistades:
Reciban mis más cálidos saludos y parabienes.

Desde hace ya un buen tiempo, cada vez que el tema del amor sale a la palestra, mi respuesta casi invariable es: “el amor, tal como se le conoce en la sociedad occidental, es un invento del romanticismo decimonónico, creado para justificar el orden sexista y heterosexista”.
Conocedor de la estupefacción que origina mi respuesta en mucha gente, me veo precisado a explicar el porqué de ella.
Cuando uso la frase: “tal como se le conoce en la sociedad occidental”, lo hago porque cada sociedad y cultura concibe el amor de diversas formas. Ello implica, necesariamente, que las razones por las que una persona se enamora, también varían de una sociedad a otra, de una cultura a otra. Así en la sociedad occidental se concibe como enteramente posible, el que una persona se enamore de otra sin conocerla (el llamado amor a primera vista); mientras que en muchas sociedades premodernas se concibe que el enamoramiento, solo surge del conocimiento resultante de una vida mancomunada. Y si en la sociedad occidental se considera que la rutina y la costumbre debilitan, merman y acaban con el amor, para muchas sociedades premodernas el amor surgía de la rutina y la costumbre de una vida conjunta.
Lamentablemente, toda la diversidad de formas de concebir el amor, ha sido ignorada y negada por la mentalidad occidental. Al respecto, en occidente, al amor, y a los afectos en general, al igual que a la sexualidad, se les ha negado su carácter de productos sociales y culturales y se les considera, únicamente, como manifestaciones instintivas y naturales del ser humano.
Con esto no estoy negando que la gente sienta amor, lo que digo es que ese sentir amoroso está condicionado y hasta determinado por la cultura y la sociedad, lo cual hace posible que cada sociedad y cultura conciba tanto el amor como las razones para enamorarse (o desenamorarse) de diversas maneras, de múltiples formas.
La manera en la que la sociedad occidental concibe el amor, es la romántica. Al respecto, el romanticismo fue una corriente literaria, surgida en el siglo XIX, que conllevó a una profunda transformación cultural. Su repercusión en la mentalidad occidental fue tal, que cambio la manera en que se veía la vida en general. Por tal motivo, el romanticismo no solo influyó en las artes, sino, también, en la moral, en la filosofía, en la política (desde conservadores a progresistas y de liberales a socialistas) y hasta en la ciencia (la creencia en que la ciencia puede solucionar todos los problemas de la humanidad, es, precisamente, de origen romántico).
Con el tiempo, el romanticismo fue desterrado de las diversas instancias sociales (así, en la política, el romanticismo dio paso a postulados más realistas y pragmáticos), pero, lamentablemente, quedó restringido, limitado, al ámbito de los afectos (especialmente al del amor).


Digo lamentablemente pues el romanticismo en los afectos, al igual que el heterosexismo en la sexualidad, impidió el desarrollo y desenvolvimiento de manifestaciones y expresiones diversas.
El romanticismo, en tanto corriente ideológica, se opuso a la rigidez y a la racionalidad preconizadas por el neoclasicismo y la ilustración (corrientes hegemónicas durante el siglo XVIII). Como antítesis de aquellas, el romanticismo postuló la espontaneidad y la liberalidad en perjuicio de la ponderación y el sentido crítico. Con dicha corriente romántica, se abrieron las puertas a la fantasía (al libre fantaseo) y a la emotividad. En tal sentido, los románticos rindieron (y rinden) culto a los sentimientos y expresan su adoración por la sensibilidad; sensibilidad que es entendida como la capacidad de expresar, libremente, los sentimientos y las emociones. Estos sentimientos y emociones, para ser considerados como reales, como verdaderos (siempre según los románticos), deben ser, entre otras cosas, directos, pasionales y desprovistos de todo tipo de pensamiento reflexivo. En otras palabras, el romanticismo postula, en gran medida, la validación de cierto irracionalismo.
Queda claro, entonces, que entre las diversas improntas que legó el romanticismo, a la forma en la que occidente concibe el amor, se pueden destacar dos: la pasión y la irracionalidad.


Con respecto a la pasión, no es que el romanticismo la haya “inventado”, pues la pasión amorosa si se encuentra en diversas sociedades y culturas. La particularidad que tiene la pasión romántica, es la generalización de su sentir. Para el romanticismo, todas las personas somos capaces de enamorarnos apasionadamente, de amar apasionadamente y sin embargo, ello no se corresponde con la realidad.
Siendo el amor una capacidad, tal como lo reconoce un sector importante de la psicología, este está muy ligado a la autoestima (al amor propio) y a la madurez, es decir, que las personas con problemas de autoestima y/o inmadurez difícilmente han desarrollado su capacidad de amar. Más aún, la pasión responde a sentires particulares y así como hay gente se apasiona por cuestiones personales (ya sean las ocupaciones, los jobis, los afectos, etc.), no todas las personas nos apasionamos por las mismas cuestiones (no todos nos apasionamos por nuestras ocupaciones y/o jobis y no todos nos apasionamos por nuestros afectos y sentires). Esto implica, necesariamente, que no todas las personas se apasionan por el amor, es decir, no todas las personas se enamoran o aman apasionadamente.
Inclusive, no todas las sociedades o culturas exaltan la pasión en el amor, así, si tomamos a la literatura como una vitrina de la sensibilidad humana, el amor apasionado desaparece de los escritos europeos entre los siglos IV y X d.C.
Cabe mencionar que solo para el romanticismo, la pasión es sinónimo de cantidad, es decir, que en occidente se tiende a asumir, que la persona que ama apasionadamente es la que más ama. Sin embargo, la pasión solo implica intensidad, es decir, que una persona desapasionada puede amar más (y mejor) que una persona apasionada.
Con respecto a la irracionalidad, la creencia en que los sentimientos y las emociones son, necesariamente, irreflexivos e irracionales, choca, frontalmente, con la noción de inteligencia emocional.
Para el romanticismo, el amor, en tanto espontaneo y apasionado, se opone, radicalmente, a lo reflexivo y lo racional. Algo que, sin lugar a dudas, no tiene ningún asidero científico.
Para muchas sociedades premodernas, el amor si responde a cierta racionalidad, la cual se manifiesta a través de ciertos parámetros, tras los cuales enamorarse y amar es inconcebible. Así, en las sociedades de castas y estamentos, las gentes solo se enamoraban de y amaban a sus iguales (las gentes de su propia casta o estamento), es decir, que, en muchas sociedades premodernas, las diferencias de clase son razones de peso, que conllevaban a que el enamoramiento y/o el amor no se manifiesten. Esto queda evidenciado en la literatura europea del bajo medioevo y de la edad moderna, en donde el enamoramiento y el amor jamás traspasan la adscripción clasista.
Solamente con el romanticismo decimonónico, el amor se “volvió” tan irreflexivo e irracional, que la mentalidad occidental asumió como posible, el enamorarse o amar sin atender a las distinciones de raza, clase o cultura.
En occidente se asume que las distinciones de clase o cultura, no son, ni constituyen, impedimentos reales para enamorarse o amar. Sin embargo, muy poca gente, en occidente, considera como candidata o candidato para el enamoramiento o partner para el amor, a una persona que no comparta las mismas afinidades, gustos, creencias, etc., cuestiones que, incuestionablemente, son evidentes distinciones de clase y cultura.
Frases como “una no controla el amor” o “uno no decide de quien se enamora” (y otras más de igual significado semántico), responden a una visión romántica del amor, que nos impide desarrollar nuestra inteligencia emocional.
Lamentablemente, en occidente, aún se considera como valido, y hasta positivo, el que la gente se muestre irreflexiva e irracional en sus sentimientos y emociones, mientras considera como negativo, y hasta deplorable, el que la gente se muestre racional y calculadora en sus sentires y afectos.
En suma, el romanticismo no solo es la forma en la que la sociedad occidental concibe el amor (ello implica que el romanticismo no es natural sino cultural), sino que además, cumple, en gran medida, con el rol negativo de justificar el orden sexista y heterosexista, pues al negarse la posibilidad de que los sentires y las emociones sean examinadas y racionalizadas, se permite, con mayor facilidad, la estigmatización de aquello que no se corresponda con lo establecido por el patriarcado y la heteronormatividad.

Se despide su amigo uranista.

Ho.

Imágenes.
1. "Andromeda" (1852). Cuadro de pintor romántico frances Eugène Delacroix. Imagen tomada de: ibiblio.org
2. "Gustavo Adolfo Bécquer" (1862). Poeta romántico español. Cuadro de Valeriano Bécquer. Imagen tomada de: es.wikipedia.org

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