jueves, 3 de enero de 2013

“YO AÚN SOY JOVEN” (ALGUNAS CUESTIONES SOBRE LA DISCRIMINACIÓN ETARISTA).


Queridas amistades:
Les saludo y les envió mis mejores deseos.

1. Un logo de la juventud.
Desde que tengo memoria, en diversos programas de televisión se puede ver a mucha gente adulta y/o anciana, hablando de sí mismas como jóvenes. A mucha gente adulta y/o anciana, en televisión, se le escucha decir frases disonantes, tales como: “aun soy joven”, “me siento joven”, “tengo el espíritu joven”, etc. Contrariamente, a nadie se le escucha decir frases laudatorias del tipo: “que bien que soy mayor”, “estoy feliz de ser adulta”, soy viejo y a mucha honra”, etcétera (las frases sobre la adultez y ancianidad que más abundan, revelan conformismo o resignación con la propia condición etárea).
En estos días, también se puede ver, en televisión, un reclame de una cadena de farmacias, en el que una pareja heterosexual de “adultos mayores” (ancianos) hablan de sí mismos como “jovencitos”.
En suma, se puede encontrar que la juventud, es vista y considerada como una instancia muy preciada, con la que, supuestamente, todas las personas adultas quieren identificarse.
Aquí se trata, claramente, de una apreciación cultural, que, aparentemente es inocente, pero que termina ensalzando un determinado periodo etáreo, la juventud, en detrimento de otros (periodos etáreos). La cuestión llega tan lejos, que las y los jóvenes son enaltecidos, por el solo hecho de ser jóvenes. Así, en política se encuentra como desde diversos sectores ideológicos (ya sea de izquierda o de derecha), ser hacen diversas referencias a las juventudes, como vanguardias de las movidas sociales.
Al respecto, por ejemplo, en el Perú, en la última elección presidencial, tanto desde la izquierda (encabezada por el Partido Nacionalista), como desde la derecha (la neoliberal de APGC y la fachosa de Fuerza 2011) se señalaba a las juventudes como el grupo social, que encarnaba la sapiencia necesaria para tomar la decisión milagrosa que salvaría al país. En este trance, sectores nada desdeñables de la población juvenil terminaron votando por el candidato ganador (el del partido nacionalista). Más, también, otros sectores nada desdeñables de la población juvenil votaron por los candidatos de la derecha neoliberal y de la derecha facha. Por su parte, en México, en la última elección, se invocaba a las juventudes en los mismos términos anteriores. Y nuevamente, un sector nada desdeñable de la población juvenil  votó por el candidato de la izquierda (del Movimiento Progresista), mientras que otro sector nada desdeñable de la población juvenil votó por el candidato ganador, el de la derecha reaccionaria (ósea el del PRI).
En resumen las juventudes, sin excepciones, se comportan como el resto de la población, aunque, desde diversos sectores ideológicos, se apela a dichas juventudes como portaestandartes de la anhelada progresía (claro está, progresía en los términos en que la entiende cada bando ideológico).
En sí misma, la juventud no representa, ni significa nada, por lo menos nada que la diferencie de otros grupos etáreos o sociales, salvo por aquello con lo que quiera significársela.
En tal sentido, en occidente, la juventud no solo ha sido elevada a un estatus distinguido, sino que, además, se le ha convertido en un estrato social de privilegio (por ejemplo, en diversos países, hay especificas políticas gubernamentales y estatales encaminadas a atender supuestas necesidades particulares de las juventudes).
En occidente, la condición de joven se ha glorificado tanto, que ha devenido en motivo abierto de discriminación. Es decir, que, en diversos países, discriminar a las personas no jóvenes, adultas (y en especial a las ancianas), es aceptado y permitido (incluso a nivel jurídico legal).
Junto con la discriminación clasista, la discriminación etarista (por razones de mayor edad), en la mayoría de los casos, ni siquiera es cuestionada. Al respecto, la discriminación clasista está plenamente inserta dentro del sistema social (a través del capital, las clases adineradas no solo apartan a, y se apartan de, las otras clases sociales, sino que, además, establecen practicas excluyentes que solo se podrían realizar, si se contara con mucho dinero). Por su parte, la discriminación etarista, a través de encomiar a la condición juvenil, esta insertándose, progresivamente, en el sistema social.

2. Grupo de jóvenes.
Así, por ejemplo, a pesar de que la población que trabaja formalmente y es  económicamente remunerada (la llamada población económicamente activa), es reconocida desde la mayoría de edad (o la emancipación económica) hasta la jubilación (por lo menos así es a nivel jurídico legal), en casi todos (por no decir todos) los anuncios clasificados de empleos se pide trabajadores menores de 35 o de 30 años (y nadie lo denuncia, ni las fiscalías accionan de oficio). Para colmo de males, las personas ancianas, que además son pobres y que necesitan trabajar, en el mejor de los casos son subempleadas, y en el peor (lamentablemente la mayoría de los casos) son abiertamente despreciadas (¡y de esto no se salvan ni siquiera algunas ONG’s dedicadas a la defensa de los derechos ciudadanos!).
Aquí no importa si las personas ancianas están calificadas o no, por ser ancianas no sirven y punto.
En el plano simbólico, la discriminación etarista va ganando, cada vez, más terreno. Al respecto, las bromas machistas, sexistas y racistas, son, progresivamente, menos aceptadas, pero las bromas que se burlan o denigran a las personas por su condición no juvenil, adulta o ancianil, se hacen no solo más recurrentes, sino, también, más celebradas (decirle viejo a alguien es ya, en muchos espacios, un insulto e, incluso, cuando se hace en son de broma, no deja de denotar cierto desprecio).
Actualmente, muchas personas adultas y ancianas buscan distanciarse de sus condiciones respectivas y aproximarse a la juventud, como si ser adulto o anciano o sentirse adulto o anciano fuera una condición negativa (o por lo menos una condición que debe ser aplazada indefinidamente, a favor de “ser aún joven” o de “sentirse aún jóvenes”).
La invocación de juvenilidad, en boca de gente adulta y anciana, se emparenta peligrosamente con frases de corte racista. Así, alguna gente decía antaño (en relación a la búsqueda de pareja y de progenie): “hay que mejorar la raza”, con lo que se denotaba un desprecio por la propia condición y un intento por “alcanzar” (aunque sea para la progenie) la condición deseada e ideal (en este caso, se trataba de gente “no blanca”, que quería blanquearse). De igual manera, decir “soy joven” o “aún soy joven” (o “aún sentirse joven” y demás expresiones similares) denota cierto desprecio por la propia condición (de adultez o ancianidad) y un enaltecimiento de la condición juvenil (la condición deseada e ideal).
La identificación con la juventud de gentes adultas y ancianas tiene, con el closet, cierto parecido. Así, mujeres y varones en el closet que omiten o incluso niegan su condición de lesbianas y gueis, a la vez que permiten que la gente piense y crea que son heterosexuales, lo hacen porque su condición homosexual las y los avergüenza y atemoriza. De igual manera, las personas adultas y ancianas que claman juventud (o que callan, omiten o hasta se ofenden por la solo pregunta de su edad), están negando quienes son, porque su condición adulta o ancianil los avergüenza y atemoriza (el temor a envejecer es ya unas patología en occidente).
Aquí el uso del lenguaje es simbólicamente contundente. No se clama vivacidad, vigor, fuerza, actividad, brío, energía, vitalidad, etcétera, se clama juventud,porque la condición adulta o ancianil es casi como la condición de mujer. Ningún varón machista se feminiza o amujera (en serio), porque considera la condición femenina o mujeril como despreciable para sí (solo se feminiza o amujera en son de broma, dejando su varonilidad a salvo, fuera de todo cuestionamiento). De la misma forma, la gente adulta o anciana que no se reconoce en su condición de adulta o anciana (y se juveniliza), es porque el haber dejado de ser joven, se considera, en muchos aspectos, como devaluado (menospreciable), degradado.

3. Gente de toda edad.
Si la condición de persona adulta o anciana es igual de valiosa que la condición juvenil, no habría razón para desconocerse como tales y juvenilizarse. Si en cada sociedad no se aprende a ver las condiciones adulta y ancianil como deseables y valiosas, la gente se está sentenciando, a sí misma, a vivir una adultez y una ancianidad llena de desprecio, discriminación y marginación (a fin de cuentas, todas las personas, salvo imponderables, llegaran a la adultez y a la ancianidad). La juventud, entonces, no tiene,  verdaderamente, nada de especial. Tiene sus particularidades, como cualquier otro periodo etáreo, pero nada más.

Se despide su amigo uranista.

Ho.

Imágenes.
3. Imagen tomada de: http://elherrumblarquinto.blogspot.com/2010/05/poblacion-de-castilla-la-mancha.html

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