lunes, 23 de abril de 2012

PATRIARCADO Y REVOLUCIÓN CIENTÍFICA.

Queridas amistades:
Reciban mis más cordiales saludos.

El movimiento cultural conocido como renacimiento, que se dio en Europa entre los siglos XV y XVI, conllevó, entre otras cosas, a cambios significativos en el mundo cultural de continente. Se asiste, entonces, a un desarrollo bastante notable de las letras, las artes en general, la filosofía y la ciencia.
En último ámbito mencionado, el de la ciencia, los viejos paradigmas sapienciales, vigentes en el medioevo, dieron paso a paradigmas nuevos e incompatibles con los antiguos. Este cambio paradigmático abarco diversas disciplinas del saber (física, astronomía, biología, medicina y química), y sentó las bases de lo que, actualmente, puede denominarse como una “ciencia nueva”. Dicha “ciencia nueva” rompió las viejas formas de acceder a los saberes, que estaban basadas en la remisión a la autoridad de los sabios (el mayor de ellos, Aristóteles) y en la sumisión a los dogmas de la iglesia.
En consecuencia, se habla de una “revolución científica” (asociada, principalmente, a los siglo XVI y XVII), que, a través de la filosofía de la duda y el talante crítico y tolerante, permitió la libertad para investigar e interpretar (libre y críticamente) los fenómenos naturales (con esto quedarían asentados los fundamentos conceptuales e institucionales de la ciencia moderna).
Tradicionalmente se asocia esta “revolución” a grandes científicos de la talla de Da Vinci, Copérnico, Vesalio, Descartes, Galilei, Newton, etc. Sin embargo, a todas luces esta mirada revela una visión patriarcal de hacer la historia, pues limita el desarrollo y desenvolvimiento de la ciencia a los “grandes avances científicos” y a sus grandes propulsores (es decir, la historia limitada a los “grandes personajes” [casi siempre varones] y sus “grandes logros”).

Isaac Newton, considerado la mayor luminaria de la revolución científica.

La “revolución científica” no estuvo limitada, de ningún modo, a los grandes logros y eventos científicos, pues, indefectiblemente, abarco episodios y hechos, que implicaban a gentes anónimas o no, colaboraciones indirectas y tangenciales (desde las y los mecenazgos sin los cuales no se hubieran dado los “grandes logros científicos”, hasta las y los ayudantes que facilitaban o aligeraban el trabajo de las o los “grandes científicos”). Más aún, la limitación de la revolución a sus logros más notables dice poco de las circunstancias sociales, que llevaron a los “grandes científicos” al sitial en el que hoy se encuentran (con lo que se pierde de vista la verdadera dimensión revolucionaria, no solo del logro científico sino, también, del científico).
Una historia no patriarcal de la revolución científica implicaría también, aquellos hechos y logros que: o son, supuestamente, “pequeños” o “menos relevantes” o son significativos y relevantes pero no se les reconoce como tales (por no haber sido realizados por los “grandes científicos”). Todos estos logros o avances contribuyeron con igual trascendencia al desarrollo y desenvolvimiento de la ciencia (por ejemplo, la publicación de diversas obras de divulgación científica, conllevó a que muchos estudiosos de aquel entonces se interesaran en el tema científico).
Una historia no patriarcal de la revolución científica incluiría el trabajo de aquellas mujeres, que participaron del quehacer científico. Al respecto, es innegable que, a pesar de que la historiografía tradicional no las mencione, hubo muchas mujeres involucradas en la mencionada revolución científica. El interés de las mujeres por la ciencia queda plenamente evidenciado, con el hecho de que, en el periodo en el que se da la revolución científica (siglos XVI y XVII), se publicaron innumerables compendios y enciclopedias científicas destinados a mujeres, cuyos tirajes se agotaban (con lo que se evidencia claramente que había muchas mujeres interesadas en la ciencia).
Ciertamente este periodo de la historia (los siglos XVI y XVII) no se caracterizan por su tolerancia hacia la sabiduría en las mujeres. Más aún, se trata de una época bastante hostil para con las mujeres y sus quehaceres no domésticos. En este periodo, no solo se dan textos misóginos que denuestan y denigran a la mujer y a sus capacidades, sino, también, persecuciones, por parte de la iglesia católica, bajo los cargos de supuesta brujería (tal acusación encubría frecuentemente, repudio y rechazo a las habilidades y saberes demostrados por las mujeres). Precisamente en esta época, en muchos círculos sociales, se consideraba a la mujer incapaz o poco apta para el estudio y el quehacer científico. Consecuentemente, las mujeres no eran admitidas en los ámbitos oficiales e institucionales de la ciencia.
Aún así, se encuentra a varias mujeres, que se destacaron, notablemente, en el quehacer científico, aunque sus aportaciones se dieron de forma informal e indirecta. En tal sentido (y aún a riesgo de incidir en la perspectiva patriarcal que se cuestiona) puede mencionarse a: la danesa Sofía Brahe, hermana de Tycho Brahe, quien murió en la hoguera por sus enseñanzas científicas (que cuestionaban la teoría geocéntrica), la inglesa Margaret Cavendish, quien tomo parte de muchos debates científicos importantes de su época y publicó importantes tratados de filosofía de la ciencia (parte de su obra había sido atribuida al científico Van Helmont); su compatriota Aphra Behn realizó varios escritos cuestionando la obra de importantes astrónomos; otra científica inglesa fue Mary Worley Montagu, que introdujo en Europa las técnicas de inmunización contra la viruela (traídas del imperio otomano).

Mary Worley Montagu, pionera en las técnicas médicas de inmunización.

Cuéntese también, la francesa Marie Meurdrac quien fue la primera mujer en publicar un libro de química; su compatriota Jeanne Dumee quien fue autora de un escrito astronómico de importancia; otra científica francesa fue Martine de Beausoleil, quien escribió varios libros sobre minas y yacimientos geológicos; la alemana Maria Cunitz fue conocida por unas originales tablas matemáticas y por la divulgación de la obra de Kepler; su compatriota Maria Sibylla Merian realizó importantes estudios sobre plantas e insectos (sus trabajos y obras de divulgación en entomologia dieron a conocer, al público en general, la metamorfosis de los insectos); otra científica alemana fue María Winkelman, la primera mujer que descubrió un cometa (además, muchos de sus “datos” astronómicos fueron útiles en calendarios y navegación); la italiana Elena Comaro Piscopia fue la primera mujer doctorada en matemáticas en una universidad (la de Padua); la polaca Elisabeth Koopman Hevelius publicó el último catálogo de estrellas que se hizo antes de aparecer el telescopio (obra que se atribuyó, por mucho tiempo, a su marido).
Queda claro, entonces, que la llamada “revolución científica”, no se limita a los “grandes varones científicos” y a sus “grandes logros”. Una historia de la ciencia es más que grandes logros y grandes personajes (sacados de sus respectivos contextos). Tal tipo de historia es aún un trabajo pendiente.

Se despide su amigo uranista.

Ho.

Imágenes.
1. Pintura de Godfrey Kneller. Imagen tomada de: en.wikipedia.org 
2. Pintura de Charles Jervas. Imagen tomada de: en.wikipedia.org

1 comentario:

  1. En muchos aspectos la historia oficial es una version sesgada que acopia el saber de hombres, o atribuido a ellos. Conste que incluso muchas poetizas firmaban con nombres masculinos, para entrar al circulo de lectores. Sería interesante saber de los saberes antecedentes, necesarios e imprescindibles, sobre los que se encumbraron las luminarias del siglo, esto es el proceso de algunos logros cientificos.Como siempre disfruto los relatos que nos regalas periodicamente. Belissa.

    ResponderEliminar